Su rutina consiste en calzarse las zapatillas rotas del hermano mayor, el buzo agujereado de la vecina del tío del padre, que dicho sea de paso, está preso. Realidad suficiente para salir desde temprano a la calle a ganarse el mango y las migajas de algún pan que entretendrá a la bestia del hambre. Tal es así que los paisajes de las ciudades se tiñen de cabecitas suplicando.
Y siempre está ese hombre regordete en algún tren, con su traje y el maletín cargado de prejuicios y valores despojados de moral; que en un ludibrio pregunta: ¿Por qué no estas en la escuela, pibe? ¿Tu vieja te manda a laburar para comprarse droga? ¿Vos sos mi futuro? A las que el chico no responde más que con unos ojos vidriosos que traspasan la carne y te miran el alma suplicando… ¿Suplicando una moneda? ¿Suplicando pan? No. Suplicando ser.
Agustina Gallo
19/04/2011
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