jueves, 28 de abril de 2011

..200 años y la misma pregunta: ¿La libertad, cura o enferma?..

Los lápices: ¿Siguen escribiendo? Es una duda persistente en la cabeza de los que, me incluyo, nos sentimos identificados con esos jóvenes cuyos nombres aún resuenan en los recuerdos familiares de un futuro que no fue, en pasillos de una vieja universidad, en las reiteradas protestas de las Abuelas de Plaza de Mayo, en los libros y películas, en las nuevas voces; esos mismos jóvenes que por ironía del destino, son los llamados “desaparecidos”.

Aquella noche del 16 de septiembre de 1976 marcó un antes y un después en la UES, la Unión de Estudiantes Secundarios, que una década antes habían luchado por el boleto estudiantil que reducía el pago del transporte público utilizado por los alumnos para concurrir a los establecimientos educativos. El plan de los brotes del “semillero subversivo” denominado así por Ramón Camps, Jefe de la Policía Bonaerense, era reconquistar aquel merecido derecho que había sido anulado por el gobierno de facto que instauró una dictadura militar en Argentina allá por la década del ’70. Muchos de los desaparecidos aquella noche prescindían del boleto estudiantil, dado que su posición económica era buena, pero el hecho de ayudar era un placer, no una obligación. No debe entenderse esto como pelear por pelear, sino como un acto de solidaridad, uno de esos que por estos años no acostumbramos a ver y, en menor medida, a realizar. Fue así que muchos adolescentes se lanzaron a jugar un juego muy distinto al que ellos recordarían de sus infancias, donde las armas ya no eran de juguete y las cosas, aunque muchos lo nieguen, ocurrían.

La libertad ha sido siempre anzuelo de los peces más jóvenes. De no serlo, el filósofo José Ingenieros vaticinó que la “juventud que no embiste es peso muerto para el desarrollo de su pueblo.” Mi preocupación: ¿Qué hacemos los jóvenes hoy, 2010, año del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que denote ambición de cambio? ¿Acaso nos atormenta la idea de un mundo mejor? ¿Preferimos la comodidad al compromiso?
No quisiera estar en el lugar del sobreviviente de esa oscura noche de la historia argentina, Pablo Díaz, quien imagino debe pensar que no ha concretado el sueño de sus compañeros, que no ha podido cumplir la promesa de nunca olvidarlos. Considero que la libertad no es una patología, sino más bien la cura a muchos de nuestros tormentos. Es así que el tiempo sanó las heridas, pero dejó las cicatrices cual recordatorio de los ideales que los condujeron a ser santos para unos y pecadores para otros. “El que esté libre de pecados que tire la primera piedra” dice la Santa Biblia; dudo que Dios esté de acuerdo con la clasificación.

Siento tristeza al escuchar las sabias letras de Charly García y sus dinosaurios que desaparecerían, porque la realidad muestra un paisaje donde lo que aún no aparece es la manera de luchar sin necesidad de violencia, de triunfar sin utilizar la mentira, de vivir teniendo un ideal.
Muchas veces confundimos a los héroes con los victoriosos, ¿Quiénes son los vencedores y quiénes los vencidos? Claro está que la respuesta dependerá de nuestros valores morales y de la parte del cuento que hayamos escuchado. Sin ir más lejos, los héroes de las queridas Malvinas no fueron los soldados que obtuvieron el título de ganadores de una batalla, sino los hombres que dieron hasta su vida por dos colores que poco tiempo antes habían pintado en banderas de actos escolares, donde la palabra “guerra” sólo figuraba en los libros.
Qué estrecha la línea entre el bien y el mal, el amor y el odio, la vida y la muerte. Jóvenes como éstos nos demuestran que la victoria es morir de pie cuando el mundo está de rodillas.

Concluyendo con mi intento de recordar lo que pocos se animan a conocer quiero decir que creo que aquellas voces siguen vivas, hablan desde el silencio por medio de mis palabras, de los ojos que me leen, de los actos que hagamos en sus nombres. Adolescentes del hoy, adultos del mañana: No al rencor, sí a la memoria.

Agustina Gallo

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