Rubén Cejas, hombre bajo, morocho, de ojos oscuros; como su pasado. Ellos nunca te miran, apuntan a un horizonte lejano desde donde hace algunas décadas habían llegado barcos cargados de muerte envasada en fusiles y dolor en forma de balas. Los ojos son la imagen más sincera, y aún me parece ver en los de Rubén Cejas, el miedo. No miran, no ven, no pueden olvidar, no quieren ser olvidados.
¿Cómo habrá sido el momento en que llego en un sobre el frío más frío que se pueda sentir? Unas pocas letras que escribían con sangre su camino, que traían en cada palabra la angustia, la ignorancia, la pérdida. Él fue despojado de su juventud, una madre de su hijo, y un destino de su libertad.
Si su regreso fue el esperado sólo él puede saberlo, pero me pregunto si ¿aún sentirá el viento de la Isla Soledad rompiendo sobre su rostro? ¿O escuchará en el silencio el sórdido ruido de las bombas? ¿Recordará los nombres de los amigos caídos? ¿Se creerá un héroe de las Malvinas?
Sus cabellos blancos delatan que el tiempo ha pasado, pero ¿lo hemos pisado?
Esas pupilas que vieron la muerte en los ojos de algún soldado herido hoy me miran y me piden que de VIDA.
Agustina Gallo
22/02/2011
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